El Espigón

El Espigon

He esperado un día de lluvia para acudir al espigón con forma de T que nace frente al Torreón. Es un lugar para otoño o invierno, o en su defecto para días de mal tiempo. Un asiento para la introspección, la meditación y las fotografías. El verano ha sido cercado por una tormenta y llueve, los playistas y los bañistas han levantado sus acampadas y han huido. Unos valientes cruzan con sus barquitos de vela, entre nosotros y el horizonte, pasan rápidos con sus velas, todas combinan el blanco con otro color, rojo, verde, amarillo, pero, siempre, con el blanco como base.

Se divisa, lado Barcelona, la torre Bellver con su cabeza mordida, rodeado por una incomprensible urbanización que le ha robado el nombre, un entramado de edificios estéticamente lamentable en la distancia, pero con alguna casa a indultar en la cercanía. Y, también, Playetas, que muestra en primer plano un edificio de apartamentos, grande, desproporcionado,  de toldos naranjas, supongo que con buenas vistas. La luz tiene la profundidad de los días tristes, lo que permite ver hasta el muro que enmarca la carretera de la costa que sale gris detrás de Voramar color vainilla. Circula un coche.

Al otro lado, Valencia, el chiringuito Botavara, la Escuela de Vela con sus embarcaciones y la sucesión de apartamentos hasta la Curva que marca los límites con Castellón. Luego, un pinar y el puerto ganado al mar, como un gigantesco espigón. La vista llega hasta la refinería.

El mar choca altivo y salta sobre el espigón. Una pareja se abraza mientras rompen las olas. Lucen jerseys nuevos, ya tenían ganas de ponérselos. Ellos se miran a los ojos y nosotros indagamos en el cielo.

– ¿Seguirá lloviendo? ¿Saldrá el sol?

– ¿Qué dice el smartphone?

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