El As

El As

Luce un rótulo, As Villa Sofía, aunque si una vez hubo una villa ha quedado sepultada por el bar restaurante. Su terraza grande sobre el paseo es calurosa y su terraza pequeña sobre la arena es fresca, no, fresca no, es menos calurosa. En la grande hay sillas y en la pequeña taburetes altos. La altura del asiento te pone en guardia, no te apalanca. No encuentro otra razón para explicar porque las mejores conversaciones se tienen en la facción de la playa, es donde la clientela ríe con cualquier cosa. La caña de cerveza fría la traen en una copa helada. En la mesa vecina piden Coca Cola pero aquí sólo hay Pepsi. Pasan ofreciendo montaditos de chistorra. Y, claro, pico.

Pese a que es la hora del aperitivo, hay pocos clientes. Por eso los camareros se permiten el lujo de ir y volver al Ipad desde el que controlan la música que suena. Echo de menos a Nina Simone que sonaba el año pasado, su desgarro irónico me daba sosiego. Suena música actual, electrónica, con bases repetitivas, que no conozco. Las dos camareras visten de negro con un polo y unos bermudas estrechos y el camarero igual uniforme pero en blanco. De repente, cambio de tercio, de los bafles sale el familiar “The eyes in the sky” The Alan Parsons Project, es un mal menor. Al sur, lado Valencia, para entendernos, el puerto de Castellón se dibuja en un horizonte lejano, como el espejismo de un tenebroso castillo.

Por fin, llegan mis compañeros de cita, espero que cambie la música. Uno de ellos lo sigue llamando el As de pollos, porque vendían pollos al “ast” para llevar. Pedimos cañas. Nos las traen con diligencia y nos regalan un platillo de granates y salados cacahuetes, a modo de tapa, Pablo exclama.

– ¡Malditos sean! Estos son los cacahuetes que me gustan. Yo creo. ¡Qué los han tostao!

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