El Apeadero

Apeadero

Han quitado el quiosco de refrescos que estaba el año pasado del apeadero. De la pequeña estación de tren, Villas Benicasim, sólo permanece el andén, al menos hubiera recuperado también el rótulo. Queda en alto, por encima de Voramar y de la carretera de la costa, la antigua carretera de Barcelona. A una altura suficiente para ofrecer vistas de Benicasim, bueno de sus cinco playas, Voramar, Almadraba, Torre San Vicente, Terrers y Heliópolis, y de Castellón, con el Pinar, el Grao y el Puerto con sus grúas y barcos. El día es mate, el sol está acelerando su ritmo y nubes desgarradas bailan con él. Uno intenta imaginar lo que era la Olla de Benicasim y comprender porque durante siglos era un lugar aprovechado por las embarcaciones para fondear pero no tengo ni idea de navegación.

Por aquí cruza la vía verde, que sigue el recorrido abandonado por los trenes. Pasan algunos ciclistas que alcanzan a corredores que alcanzan a caminantes. En la valla de madera que da al paisaje se asoman una madre y dos de sus tres hijos. El tercero es una niña, la más pequeña, que va llegando hasta ellos.

– Ya no esperamos.

La niña rebufa contrariada, y la vía verde no ha hecho más que empezar.

Sentado en el andén se está fantástico. Apeadero suena a palabra antigua, tanto que Lucía me ha preguntado.

– ¿Qué es un apeadero?

A nuestras espaldas, una valla de hierro pintada de negro, más atrás el Palasiet y en lo alto, con unas grandes letras luminosas, desconchadas, TERMALISMO MARINO. Aumenta el tráfico de deportistas. Es una lástima que no sepa dibujar y que no pueda tomar un granizado en el desaparecido quiosco, así que me conformo con volver a asomarme al litoral, las boyas del mar, rojas, amarillas, verdes, amarillas, narran líneas de costa paralelas al paseo. Desde aquí, Benicasim tiene forma de paréntesis, el de las vacaciones.

You may also like