Bosquemar

Bosquemar

En un edificio blanco de la calle principal del pueblo, Santo Tomás, en el cruce con la calle de Los Dolores, hay un hotel para jóvenes, limpio y blanco, y fresco porque cuenta con aire acondicionado. La calle empalma por un lado con la avenida Barcelona y por otro con la avenida Castellón.

Me atienden en una recepción en alto, hay que subir unos escalones. Apenas cabe un pequeño mostrador y un cartel a la derecha de la inauguración del teatro de Benicasim.

– ¿Cuándo fue?

– ¿En 1993?

Me contesta el recepcionista inseguro.

El hotel Bosquemar se ha lavado la cara el pasado invierno. Está en el inicio de un proceso de transformación. De momento, las intervenciones, reformas y retoques son satisfactorios, los cabezales viejos de las camas han sido pintados en vivos colores y los zócalos en gris marengo, las lámparas estilo IKEA han sido bien elegidas. Deberían cambiar el horrible falso techo de los lavabos, el tamaño diminuto de las duchas y la moqueta verde que ha crecido en el hueco de la escalera. Vamos a dar tiempo.

Las habitaciones son amplias y blancas, excepto la pared que da al cabezal de la cama. Cuentan con una ventana a las bulliciosas calles que limitan el hotel.

Falta ascensor. Los clientes que veo son del tipo fiberos y rototoneros que no quieren dormir en el camping del recinto del festival y del rollo amoroso, amantes que se juntan una noche.

No deja de ser curioso que no sepa decir un nombre de un establecimiento hotelero que se haya inaugurado en los últimos años. Ya sé que Benicasim es turismo de apartamento, pero lo encuentro exagerado. Así, que la renovación de los existentes es a lo máximo que aspiramos.

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