Aquarama

aquarama

El sol no está despatarrado, pero pica más que en la playa.

Una vez al año, me veo obligado a ir al parque acuático Aquarama. Una vez dentro, intento evitar los divertidos toboganes de agua y el dulce puesto de gofres. El problema es que la familia toma la hamaca como lugar de encuentro y descanso, interrumpiendo, a menudo, la lectura e impidiendo la búsqueda de la paz. Van y vienen. Llegan, respiran hondo, se secan con sus toallas húmedas y comentan desordenadamente la jugada. A Benicasim lo llaman Beni.

– Tengo hambre.

– Las dunas molaban más cuando no eran de plástico duro.

– Son muy estrechos.

– Ahora hay atracciones que pagas aparte.

– Hay colchonetas que valen 10 euros y con las que te puedes colar.

– Pablo se ha tirado seis veces por el salto del diablo. Lo han tenido que bajar cinco metros porque te raspabas.

– ¿Y tú?

– No. ¿Sabes qué es el más alto de Europa?

– Yo, he subido para ver la sensación.

– Había más colas que nunca.

– El Wáter mola mucho.

– Ahora, hay un socorrista dentro del Wáter.

– Ahora, hay socorristas en todas las atracciones, hasta en las de pequeños.

– ¿Cuál es el Wáter?

– El que gira así.

– Me he meado dentro de la piscina.

– Por eso el agua estaba caliente.

– No, que estaba helada.

Ya está la puesta en común. Marchan, se van a por más aventuras y dejan las toallas de cualquier manera sobre la hamaca. Hay un hit local, una canción de publicidad que sonaba en la radio, ven a Aquarama, en Benicasim, la aventura te llama, que ha quedado en la memoria de los veranos. Todos los parques temáticos deberían tener esta medida y escala, grande, pero no enorme, es la correcta, y este trabajo serio de renovaciones sin pretensiones que han podido disfrutar varias generaciones, sí porque Aquarama pronto cumplirá treinta años.

 

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