Voramar de día

voramar de dia

Cualquier día, cualquier mes. Cualquier hora es buena para ir a Voramar. Si madrugas hay una quietud ideal para incorporarse a las rutinas diarias con la pereza del agosto. El sol asoma por la colina de pinos que preside en lo alto el edificio abandonado del termalismo. Voramar es un edificio crema, color vainilla, abierto a los cuatro vientos. Levantado en el extremo norte, o tal vez este, de Benicasim, bueno lo que aquí llaman lado Barcelona.

La fachada principal está encarada a la playa. Balcones, ventanales y terrazas levantan sus persianas y corren sus cortinas y toldos para que el cliente vea el mar. Así debe ser. No hay más que la primera impresión, el mar.

Hace unos años, el sol y el agua rompían bajo la balaustrada de la terraza de Voramar, que entonces hacía de barandilla. Una nueva y ancha playa alejo el hotel de la orilla y lo dejó varado en la arena, acabando con su vida de rompeolas.

Los amigos del deporte matinal llegan corriendo o pedaleando por la vía verde y por el paseo marítimo. Compiten con los caminantes. Los solitarios van a paso de marcha y las parejas a paso de tortuga. Los madrugadores paseantes de perros no sé donde colocarlos. Todos tocan la balaustrada de Voramar, sin reconocer que llegan a su meta volante imaginada, y se vuelven. En una moda incomprensible, corredores, ciclistas y caminantes cruzan perfectamente disfrazados de deportistas profesionales. Voramar es un punto de transición entre la vía verde que va a Oropesa y el paseo marítimo, que en este tramo se denomina Pilar Coloma, en recuerdo de la familia de Joaquín Coloma, promotora de los primeros veraneantes de Benicasim y de las primeras villas. Joaquín Coloma siendo ingeniero en la línea ferroviaria de Levante descubrió el enclave y alojó a su familia en una villa durante el período de vacaciones de verano.

La fachada dos nos hace mirar terrazas y ventanales a las playas de Benicasim, lo que llaman lado Valencia. Ahora, da la sombra y la belleza, por suerte, no es obligatoria. A ese lado, el dibujo de una rosa de los vientos  da la bienvenida a los clientes, que se paran a leer, “tramontana, gregal, llevant,  xaloc, migjorn,  garbí, ponent, mestral”. La rosa “del vents” es un puzle de azulejos en cuyas cuatro esquinas soplan las nubes.

Los camareros, todos a una, despliegan el toldo sobre la terraza, su coordinada acción me distrae de la escritura.

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