Una Silla en la Playa

una silla en la playa

Nos sentamos cara al sol, por la mañana miramos la playa y por la tarde el Desierto de las Palmas. Nunca había visto la sierra tan verde, será la primavera lluviosa, será que cada año se entierran un poco más los efectos de los incendios.

Me gusta pasar la tarde leyendo en la playa hasta que cierra, pero atardece antes de lo que uno quisiera. La arena cambia de tono, gradualmente, desde la orilla al muro del paseo, como un cortado al que se añade la leche poco a poco. Miramos las palmeras, las villas, los apartamentos, el verde del Desierto y los repetidores sobre las colinas hasta aburrirnos y volvemos a la lectura y vuelta a empezar.

Al levantar la vista del libro, hacia el Torreón, descubro los colores de sillas, bañadores, bikinis y sombrillas, que se agrupan en un par de filas paralelas a la orilla. En la misma dirección, si levanto el punto de mira, las sombrillas fijas y el espigón que ordena la playa.

Los bañistas adultos pasean por la orilla, playa arriba, playa abajo, unos hacia Voramar, otros hacia el Torreón, caminan descalzos sobre la arena mojada. Sus huellas son borradas, al poco, por las olas. Los bañistas niños, los de verdad, juegan en grupos en el agua, salen, de tanto en tanto, arrugados.

Uno está sentado pero al quite, dispuesto a maldecir las nubes. Si aparecen porque nos quitan el sol y hemos venido a tomarlo. Si no aparecen porque hace mucho calor.

Las conversaciones son lentas y las horas son rápidas, así pasa la tarde. Las charlas se inclinan a las confidencias, sin la chispa espontanea de los aperitivos.

El sol se esconde detrás de los apartamentos, por culpa de sus desmedidas alturas cae más pronto.

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