Torre Bellver

torre bellver

Debe tener unos diez o quince metros de altura, dibuja unas ventanas más que pequeñas.

Estilizada, en comparación a la gordita Torre de San Vicente. Se accede desde la vía verde y a partir de ahí por un sendero de tierra roja y de piedras grises. La rodean palmas y matas de boj y tomillo que huelen bien porque el sol despierta y agita los olores. La torre ha perdido la parte alta como un castillo de arena al que un niño ha dado un paletazo.

El sendero sale de un área de descanso de la vía verde. El área, que tiene tres bancos y un aparca bicis, es un mirador sobre un acantilado. Los disciplinados deportistas pasan de largo, hormiguean, uno detrás del otro, por lo que fue la vía del ferrocarril.

Se ven barquitos, atrevidos, a lo lejos. Cae el mar resuelto desde el acantilado. El mar no es azul, es de un verde grisáceo. Respiro hondo, no disfruto del instante porque me entra sueño, es mejor seguir la marcha. En el cielo una paleta de celestes se exhibe para que alguien pinte. Hacia Barcelona hay una torre en mejor estado, parece restaurada. No importa, con Torre Bellver no han jugado los niños del gigante Tombatossals.

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