Santo Tomás

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Los techos son altos y los muros son gruesos son como los de cualquier iglesia que se precie. La batalla por competir con las sensaciones de las iglesias góticas y románticas está perdida pero les gana en alegría. Uno entra y respira hondo. He encontrado una isla de paz y frescura, ajena al sol y la playa.

Me siento en un banco de madera y observo. Poca escultura y muchos cuadros de grandes dimensiones. Hubiera apostado que la construcción es del siglo XX y es del XVIII.

Preside el altar una sencilla cruz de dos metros, no más, y un arzobispo, supongo que Santo Tomás de Villanueva, entrega una bolsa a alguien de humilde condición social.

Sobre el frontal triangular del altar, una pequeña vidriera de vivos colores con forma de smarthpone. Hay una basílica y un Jesús, no, es una Virgen, detrás unas caras grises tirando a ocres pero no tristes, que resaltan la luz de la primera imagen. El cielo de la vidriera es rojo pero no produce desasosiego o excitación. La virgen es sencilla y guapa, tranquila y joven, sus manos a la vista, expresivas y grandes nos dan confianza. Sí, estamos en su casa y somos bien recibidos.

A la izquierda me sorprende un Cristo policromado tumbado dentro de una urna de cristal, muestra heridas en los pies, en las manos y en un pecho.

Veraneantes elegantes, nada que ver con los jóvenes que asisten a los festivales que se organizan en el municipio, entran a rezar o a meditar, excepto una señora que repasa, concentrada, la lista de la compra dos bancos más atrás.

CONFESIÓN. Señala encendido un rótulo luminoso que recuerda a los de salida de emergencia en los cines. Salgo de la iglesia, junto a la fachada, en la pared contigua luce un dibujo sobre azulejos de Santa Agueda. Me doy la vuelta, la puerta está flanqueada por dos altas palmeras. En Santo Tomás de Villanueva hay algo que no cuadra con el entorno, me pregunto si son las tejas, pero son azules como todas las iglesias desde que entras en la provincia por Tarragona.

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