El Mercado del Jueves

mercado del jueves

– ¡A seis euros, guapa, a seis euros!

No es el tenderete de verduras, son bikinis fosforitos que cuelgan en el puesto de ropa de mujer y son ofrecidos a un precio irresistible. A partir de hoy, me voy a fijar más en la playa porque no sabía que los bikinis de tonos irresistibles fosforitos estuvieran de moda. Sería incapaz de comprar ropa en el mercado salvo que alguien me guie.

Frente por frente. Un puesto de sandías, gigantes, redondas y alargadas, y de melones, amarillos y verdes.

Los puestos de frutas y verduras huelen más en verano que en otras estaciones y es una constante madalena de Proust. Tengo un flash back y me veo acompañando a mi madre y a mi abuela al mercado, ellas lo llamaban La Plaza. Cierro los ojos y huelo el olor a fruta madura que flota en el aire.

Ciruelas rojas, amarillas y verdes, aguacates rugosos, melocotones naranjas, cerezas granates, peras amarillas y verdes, nectarinas rojas y uvas verdes y moradas lucen expuestas en cajas de colores. En el mercado, sólo tengo ojos para la fruta, las verduras no me atraen, me lo tengo que hacer mirar. Cebollas, patatas, pepinos, judías, berenjenas y calabazas, por ordenadas y bien expuestas que estén en sus cajas, no pueden competir en olor y colorido. ¿No era de salado?

Camino por el mercado en dirección Barcelona y no encuentro sitio donde sentarme a escribir y eso que somos un montón de abuelos.

Mola el puesto de olivas. Me hago un hueco en primera fila.

– Buenos días. ¿Son rábanos?

– No, cebollas. Cebollitas en vinagre.

Vaya chasco, de lejos parecían rábanos. Mi abuela ponía rábanos en la ensalada de los domingos y en la desaparecida Moritz los servían acompañando las cañas.

Hay un camión que hace de herboristería, las especias me atraen.

– Hola. ¿Tiene mostaza en polvo?

– Mostaza no me queda nada, lo siento hijo.

Esto me pasa por excéntrico.

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