La Terraza del Apartamento

terraza apartamento

Lo normal es que las rubias cervezas y las doradas papas, las castellonenses García, se tomen en la terraza del apartamento y no en los chiringuitos, que no abundan. El inmueble puede ser propio, comprado o alquilado, o buitreado, siempre hay un amigo o familiar al que visitar porque el turismo de Benicasim es local y localista. El anfitrión debe esforzarse en tener y sacar fresca la cerveza para no ser criticado luego.

Las terrazas de los apartamentos han menguado su prestigio y reducido sus metros en las construcciones de los últimos veinticinco años. Es una pena, no sé quién tiene la culpa, si los constructores, los arquitectos o los compradores, pero un apartamento de verano sin una buena terraza encarada al mar, es como un partido de fútbol sin goles.

Tan local es que mayoritariamente los veraneantes son de Castellón de la Plana, ciudad de la que nos separan 14 kilómetros. No puedo hablar de Villarreal porque hay unos amigos que no me dejan. Apartamentos los hay feos y guapos, pero en general lucen acomplejados sus defectos y no resaltan sus virtudes.

Por ejemplo, los Venecia, que acompañan su nombre de la puerta al paseo con el aviso Propiedad Privada, me gustan esos rótulos de señal de tráfico que marcan las entradas a los apartamentos, son dos edificios que no tienen “ná” salvo unas amplias terrazas, muchas han sido cerradas o acristaladas. Los dueños no valoran la simplicidad de la vida al sol y se quejan de las inclemencias de la vida al aire libre. Tampoco hay forma de poner de acuerdo a los vecinos en los cerramientos, ni en los toldos. En la última rehabilitación se han pintado los dos edificios combinando el blanco y un color pastel, arena tirando a rosa. Si pudiera, volvería a pintar, combinando blanco y rojo chillón, como debían ser en los setenta cuando las catedrales eran blancas. ¿Y los toldos? Los toldos tendrían un estampado de grandes flores que se vieran a doscientos metros, de muchos y alegres colores.

Bajarse en el apartamento no es marchar a la calle. El profesional de la vida en la terraza es capaz de permanecer largas horas sin moverse de ellas, una baraja y una buena compañía puede ayudar. En la mesa grande han extendido una toalla de playa y cada uno de los jugadores ha colocado un monedero y un montoncitos de desordenadas monedas, pequeñas, plateadas unas, doradas otras. Cogen unas cartas y desechan otras como autómatas. Juegan al continental, sin conversar. Se tocan las gafas y pronuncian las palabras justas.

– Me bajo.

– Lo sabía.

You may also like