Voramar de noche

voramar de noche

Ha sido un día raro, hasta mil veces parecía que iba a llover y no ha llovido. Queda luz natural, pero no sol, porque el edificio del hotel nos lo oculta. Se está bien, muy bien en Voramar, hace casi 100 años que alguien se sienta por aquí y piensa lo mismo. Se me antoja exagerado lo de Biarritz de Levante que se dice de Benicasim, fueron lugares muy distintos.

Nos coloca unos manteles individuales, de papel de embalar, llenos de los logos, a modo de estampado, del Torreón y de Voramar, restaurantes primos hermanos. Como somos el primer turno de cenas y aunque somos diez, no esperamos. El camarero, por supuesto de riguroso negro, nos reparte las cartas, mayoritariamente bocadillos y sándwiches, que algunos ya controlamos. Y se va a otra mesa.

Los demás comensales están por lo que hay que estar.

– ¿Te partes un serranito y un descapotable?

– Este es nuevo. Paseo por Castellón.

– Yo siempre me pido pollo al curry.

– Yo quiero un descapotable sin queso.

– ¿Nos pedimos unas cañitas, de momento?

Al iluminarse la terraza, me doy cuenta que también se han encendido las primeras luces de los apartamentos que dan al paseo y que la pincelada rosa que cruzaba el cielo ha desaparecido.

Llega el camarero con su libreta electrónica y no sé que pedir.

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Voramar de día

voramar de dia

Cualquier día, cualquier mes. Cualquier hora es buena para ir a Voramar. Si madrugas hay una quietud ideal para incorporarse a las rutinas diarias con la pereza del agosto. El sol asoma por la colina de pinos que preside en lo alto el edificio abandonado del termalismo. Voramar es un edificio crema, color vainilla, abierto a los cuatro vientos. Levantado en el extremo norte, o tal vez este, de Benicasim, bueno lo que aquí llaman lado Barcelona.

La fachada principal está encarada a la playa. Balcones, ventanales y terrazas levantan sus persianas y corren sus cortinas y toldos para que el cliente vea el mar. Así debe ser. No hay más que la primera impresión, el mar.

Hace unos años, el sol y el agua rompían bajo la balaustrada de la terraza de Voramar, que entonces hacía de barandilla. Una nueva y ancha playa alejo el hotel de la orilla y lo dejó varado en la arena, acabando con su vida de rompeolas.

Los amigos del deporte matinal llegan corriendo o pedaleando por la vía verde y por el paseo marítimo. Compiten con los caminantes. Los solitarios van a paso de marcha y las parejas a paso de tortuga. Los madrugadores paseantes de perros no sé donde colocarlos. Todos tocan la balaustrada de Voramar, sin reconocer que llegan a su meta volante imaginada, y se vuelven. En una moda incomprensible, corredores, ciclistas y caminantes cruzan perfectamente disfrazados de deportistas profesionales. Voramar es un punto de transición entre la vía verde que va a Oropesa y el paseo marítimo, que en este tramo se denomina Pilar Coloma, en recuerdo de la familia de Joaquín Coloma, promotora de los primeros veraneantes de Benicasim y de las primeras villas. Joaquín Coloma siendo ingeniero en la línea ferroviaria de Levante descubrió el enclave y alojó a su familia en una villa durante el período de vacaciones de verano.

La fachada dos nos hace mirar terrazas y ventanales a las playas de Benicasim, lo que llaman lado Valencia. Ahora, da la sombra y la belleza, por suerte, no es obligatoria. A ese lado, el dibujo de una rosa de los vientos  da la bienvenida a los clientes, que se paran a leer, “tramontana, gregal, llevant,  xaloc, migjorn,  garbí, ponent, mestral”. La rosa “del vents” es un puzle de azulejos en cuyas cuatro esquinas soplan las nubes.

Los camareros, todos a una, despliegan el toldo sobre la terraza, su coordinada acción me distrae de la escritura.

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Villa Iluminada

villa iluminada

El paseo de las villas es lo más interesante de Benicasim, el lugar en el que debe fotografiarse el turista.

Sí, de todo el paseo, Villa Iluminada es mi casa preferida, es una elección hecha de promesas y de reivindicaciones. Queda entre El Barco y Somar. El Barco imita el estilo del Miami del art decó, líneas curvas, marquesina de hormigón, aunque el tono de pintura es sobrio, más  “noucentista”. Somar huele a jazmín y tiene un jardín precioso, no aparece en las guías porque es una jovenzuela. La zona fue llamada La Corte Celestial para señalar su perfil más tranquilo que el de las villas de la zona de Voramar. En la actualidad, al que acostumbre a deambular por el paseo le parecerá que es al revés.

Villa Iluminada se ha ido deteriorando en los últimos veinte años, hasta amenazar ruina. Sus propietarios la abandonaron, talaron el pinar que tenía detrás, en la trasera que da a la calle La Corte. Era una maravilla, pinos altos, de diez metros, y frondosos, cobijaban intrépidas ardillas. En serio, ardillas saltarinas. Tras la tala, quedó triste. Los que la hemos conocido antes sentimos nostalgia. Los pinos volvieron a brotar y fueron de nuevo cortados. El porche de la entrada principal, la que da al paseo, que en este punto corre bajo la denominación de Bernat Artola, está apuntalado con un laberinto de barras a modo de andamio. Es como tener un Velázquez en casa y exponerlo en el suelo del jardín o en el cuarto de juegos para que se deteriore. Una vez estropeado es más sencillo tirarlo a la basura sin remordimientos. El tejado resiste, fuerte, rústico, color terrazo. Si algún día hay una reforma espero que no lo cambien. El Ayuntamiento  expedientó a los propietarios, según el BOP de 20 de mayo de 2006 por tala sin licencia de pinus halepensis. Las palmeras que dan al paseo han muerto, supongo que nadie combatió la epidemia del picudo rojo que ha menguado su presencia en el paseo. Un municipio serio no permitiría ese trato a su patrimonio.

Aparenta ser un edificio de una planta, pero tiene dos, que podrían ser tres. A la planta baja, se une un amplio sótano y unas golfas. Villa Iluminada es una construcción mediterránea, sencilla, blanca, sin elementos decorativos, apenas unas molduras. Sus posibilidades son inmensas.

El nombre viene de Iluminada Pérez, casada con un Vallet.

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Villa Angelita

villa angelita

Tenía a Villa Angelita por un restaurante para gente mayor, no uno cualquiera, lo que ellos llaman un sitio arreglado. No había ido nunca. Este año me ha sorprendido con una cuidada reforma, hecha con buen gusto, se ha convertido en un lugar agradable. Es más, es bonito. El suelo que imita los viejos hidráulicos es precioso, le digo a Lorena que busquemos uno parecido para nuestra habitación. La casa ha aumentado la altura del techo, hasta 5 o 6 metros y ha convertido el lugar en casi una ermita.

A pesar de llamarse villa es una casa en el pueblo, en la zona donde estaba la vieja estación de tren, que ahora es una oficina de la policía local.

Es una casita con patio, que es donde cenamos. Sí, tal vez, ya sea mayor, debo asumirlo, he venido a cenar. Desde luego, no hay grupos de veinteañeros. Los hombres llevan camisa de manga larga, por fuera para demostrar que son atrevidos, y bermudas, como dice la madre de Benito sólo debieran llevar pantalones cortos los niños. Lo de las bermudas este verano es una batalla perdida. Las mujeres sí van elegantes, ahora entiendo porque me gustan más ellas. Cenamos, el patio lleno de mesas y las mesas rellenas de sillas ocupadas. Que el sitio es agradable lo demuestran las animadas tertulias.

La carta no es larga, abundan tortillas y revueltos. Vamos pidiendo, vino y queso para empezar.

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Una Silla en la Playa

una silla en la playa

Nos sentamos cara al sol, por la mañana miramos la playa y por la tarde el Desierto de las Palmas. Nunca había visto la sierra tan verde, será la primavera lluviosa, será que cada año se entierran un poco más los efectos de los incendios.

Me gusta pasar la tarde leyendo en la playa hasta que cierra, pero atardece antes de lo que uno quisiera. La arena cambia de tono, gradualmente, desde la orilla al muro del paseo, como un cortado al que se añade la leche poco a poco. Miramos las palmeras, las villas, los apartamentos, el verde del Desierto y los repetidores sobre las colinas hasta aburrirnos y volvemos a la lectura y vuelta a empezar.

Al levantar la vista del libro, hacia el Torreón, descubro los colores de sillas, bañadores, bikinis y sombrillas, que se agrupan en un par de filas paralelas a la orilla. En la misma dirección, si levanto el punto de mira, las sombrillas fijas y el espigón que ordena la playa.

Los bañistas adultos pasean por la orilla, playa arriba, playa abajo, unos hacia Voramar, otros hacia el Torreón, caminan descalzos sobre la arena mojada. Sus huellas son borradas, al poco, por las olas. Los bañistas niños, los de verdad, juegan en grupos en el agua, salen, de tanto en tanto, arrugados.

Uno está sentado pero al quite, dispuesto a maldecir las nubes. Si aparecen porque nos quitan el sol y hemos venido a tomarlo. Si no aparecen porque hace mucho calor.

Las conversaciones son lentas y las horas son rápidas, así pasa la tarde. Las charlas se inclinan a las confidencias, sin la chispa espontanea de los aperitivos.

El sol se esconde detrás de los apartamentos, por culpa de sus desmedidas alturas cae más pronto.

una silla en la playa2

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Torreón

torreon

Levanto la mano. Pido.

El resto de clientes desayunan, en mi caso tomo horchata con granizado de café, receta de refresco aprendida de los nativos.

Hay cosas en la reforma de 2012 del paseo marítimo a la altura del Torreón que me convencen, la prolongación del paseo, la expulsión de las paradetas, la restauración del entorno de la torre, la ampliación del pinar y la explanada para actuaciones al aire libre, y otras que no, el pavimento elegido, las dunas de tablones de madera, la desaparición de un chiringuito y la prohibición de acceso de vehículos. Sí los coches regulan el tráfico caótico de los peatones. Si nos dejas campar a nuestro aire, convertimos las calles peatonales en manifestaciones. Hay que vigilar bien que peatonalizas porque somos una especie invasiva.

El aire mueve las hojas del diario deportivo, levanta mis ojos de la libreta y de la mesa de la terraza. La cercanía del mar se cuenta desde la terraza, en frente sale un espigón en forma de T. A la derecha un torreón de vigilancia, recio, con ventanas pequeñas y piedras grandes, grises en las esquinas y rosadas en los centros, da nombre al lugar. Tras la reforma, dos grandes rótulos que nacen del suelo con aire de escultura nos informan, SXVI, Torre San Vicente, así en castellano, viniendo de donde vengo, me sorprende la naturalidad. Las cosas deberían ser así en un idioma u otro con sencillez.

Vuelvo a mis cosas. El torreón es la terraza donde suena el Sobreviviré de Gloria Gaynor versión Celia Cruz o alguien con una voz parecida. Hay unas veinte mesas ocupadas, la mitad del aforo. En la mesa de al lado hablan de una peli que han visto y juzgan el argumento.

No es creíble

Los camareros visten de negro pero rompe el luto obligatorio del personal de la moderna restauración un delantal rayado que recuerda al Inter, equipo de fútbol italiano de camiseta neroazurra, o al viejo paquete de cigarrillos Ideales. Son las diez, van desapareciendo los deportistas y entran en escena los primeros bañistas camino de la playa, cargando sillas y sombrillas.

La terraza del Torreón es al mediodía un restaurante que ofrece unos recomendables arroces. No te vayas sin probarlo, cada día en su pizarra aparece el anuncio de un arroz diferente a un precio razonable.

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Torre Bellver

torre bellver

Debe tener unos diez o quince metros de altura, dibuja unas ventanas más que pequeñas.

Estilizada, en comparación a la gordita Torre de San Vicente. Se accede desde la vía verde y a partir de ahí por un sendero de tierra roja y de piedras grises. La rodean palmas y matas de boj y tomillo que huelen bien porque el sol despierta y agita los olores. La torre ha perdido la parte alta como un castillo de arena al que un niño ha dado un paletazo.

El sendero sale de un área de descanso de la vía verde. El área, que tiene tres bancos y un aparca bicis, es un mirador sobre un acantilado. Los disciplinados deportistas pasan de largo, hormiguean, uno detrás del otro, por lo que fue la vía del ferrocarril.

Se ven barquitos, atrevidos, a lo lejos. Cae el mar resuelto desde el acantilado. El mar no es azul, es de un verde grisáceo. Respiro hondo, no disfruto del instante porque me entra sueño, es mejor seguir la marcha. En el cielo una paleta de celestes se exhibe para que alguien pinte. Hacia Barcelona hay una torre en mejor estado, parece restaurada. No importa, con Torre Bellver no han jugado los niños del gigante Tombatossals.

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Tele y Salva

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Situadas lado Valencia, mirando a Barcelona, dos pantallas gigantes en una animada terraza ofrecen todas las retransmisiones deportivas que son televisadas. Tele y Salva es un buen sitio para los futboleros. Supongo que Tele viene de televisión, porque es el elemento principal. Su colocación ha requerido el servicio de tres camareros, que visten la clásica y desaliñada camisa blanca de manga corta y el pantalón negro de pinzas, es cansado y difícil ser original, el uniforme me está bien. Sí, los aparatos son grandes. Preparan dos altares. Sobre una mesa con mantel, colocan una caja de plástico, de esas en las que se venden las frutas. Tapan la caja con un mantel azul y colocan la televisión encima.

Esta noche, en cada tele hay un partido. El toldo es blanquiazul, las sillas de plástico blanco y los fluorescentes dan luz blanco laboratorio.

Los espectadores de uno y otro partido miran atentos su pantalla, salvo que haya un gol que ver en la otra. Bueno, un niño polaco mira los dos partidos a la vez. Colocado entre los dos grupos, comenta las jugadas y los futbolistas con los aficionados de los distintos equipos. El resto de las mesas, las que sobreviven al fervor deportivo, más alejados, en el lado Barcelona, miran de reojo nuestras emociones.

Cuando me despido, el camarero bajito que nos ha servido me saluda, me dice que conoce a Fede y que ha jugado conmigo en el fútbol en el Chencho. Le creo.

El restaurante, en los bajos de los Apartamentos Las Islas, en el animado cruce de avenida Ferrandis Salvador con calle Ribalta, tiene vida de bar, la de los solitarios haciendo un alto para tomar un cortado por la mañana, la de los amigos tomando cañas al aperitivo, la de los jugadores de domino por las tardes, y la de paellas para llevar al mediodía.

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Santo Tomás

santo tomas

Los techos son altos y los muros son gruesos son como los de cualquier iglesia que se precie. La batalla por competir con las sensaciones de las iglesias góticas y románticas está perdida pero les gana en alegría. Uno entra y respira hondo. He encontrado una isla de paz y frescura, ajena al sol y la playa.

Me siento en un banco de madera y observo. Poca escultura y muchos cuadros de grandes dimensiones. Hubiera apostado que la construcción es del siglo XX y es del XVIII.

Preside el altar una sencilla cruz de dos metros, no más, y un arzobispo, supongo que Santo Tomás de Villanueva, entrega una bolsa a alguien de humilde condición social.

Sobre el frontal triangular del altar, una pequeña vidriera de vivos colores con forma de smarthpone. Hay una basílica y un Jesús, no, es una Virgen, detrás unas caras grises tirando a ocres pero no tristes, que resaltan la luz de la primera imagen. El cielo de la vidriera es rojo pero no produce desasosiego o excitación. La virgen es sencilla y guapa, tranquila y joven, sus manos a la vista, expresivas y grandes nos dan confianza. Sí, estamos en su casa y somos bien recibidos.

A la izquierda me sorprende un Cristo policromado tumbado dentro de una urna de cristal, muestra heridas en los pies, en las manos y en un pecho.

Veraneantes elegantes, nada que ver con los jóvenes que asisten a los festivales que se organizan en el municipio, entran a rezar o a meditar, excepto una señora que repasa, concentrada, la lista de la compra dos bancos más atrás.

CONFESIÓN. Señala encendido un rótulo luminoso que recuerda a los de salida de emergencia en los cines. Salgo de la iglesia, junto a la fachada, en la pared contigua luce un dibujo sobre azulejos de Santa Agueda. Me doy la vuelta, la puerta está flanqueada por dos altas palmeras. En Santo Tomás de Villanueva hay algo que no cuadra con el entorno, me pregunto si son las tejas, pero son azules como todas las iglesias desde que entras en la provincia por Tarragona.

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La Renegá

la renega

– El otro día estuve en la Renegá.

– Yo también fui.

No hay lugareño joven que no te lo diga, pero, las veces que he ido, nunca hay nadie. No hay chiringuitos, los ecologistas visitantes y contrarios a su establecimiento temporal son, según el dogma local, los únicos que visitan y aprecian estas playas. Han dejado bolsas, de kikos, de pipas y de papas, y latas de cerveza. Siempre los guarros son los otros.

La Renegá son unas rocas bajas entrando y saliendo del mar anárquicamente recortadas. La playa es de una arena plateada y gruesa, roca erosionada hasta convertirse en menos que añicos pero más que polvo, la arena parece de granos de arroz. Vamos que no está pulverizada como las playas urbanizadas. Bueno, admitamos que la Renegá es Oropesa. Cae al norte, dirección Barcelona, más allá de Playetas. Sentarse es complicado, hay que dedicar un tiempo a buscar la roca adecuada, la mejor elección es la que te permite poner los pies a remojo. Es recomendable una toalla en el culo si uno quiere alargar la sentada. Desde aquí, el agua salada ofrece terapia barata, contemplar el mar en busca de un “reset” mental para mediante la solución intelectual apagado encendido resolver los problemas. Desde la Renegá se prescinde de Benicasim, lo importante es callar y concentrarse en escuchar el rumor del mar.

Aparecen un par de pescadores. Frente a la creencia mayoritaria, hay más pescadores que ecologistas.

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